Sinfonía del agua

Antiguamente, y no hace mucho de esto, los ayunos a base de agua e infusiones eran normales en gran parte del planeta. Se hacían al menos una vez al año. El tiempo mínimo de este tipo de ayuno es de doce horas. Veinticuatro horas lo convierten en beneficioso. Si se hace durante tres días, el cuerpo experimenta una limpieza hepática notoria. Cuando es de diez días, no solamente se regenera profundamente el organismo, el ser entero experimenta un cambio.

La autofagia que toma lugar durante los ayunos es conocida como un método natural de eliminación y depuración. Todos los animales lo practican de forma instintiva cuando no se encuentran bien. La ayuda del agua durante el proceso de limpieza y desintoxicación hace posible que los ayunos duren más de un día.

Hoy somos menos valientes en general. Al organismo lo adulamos con alimentos seleccionados por criterios diferentes, bebemos zumos naturales y tomamos vitaminas. Practicamos deportes, consumimos oligoelementos y flores de Bach para entonar el ánimo.

Cualquiera que haya ayunado sabe que un proceso interior paralelo al de la limpieza en curso toma lugar. Al reconstituirse los tejidos corporales se regenera el alma. El pensamiento -durante las horas de paciencia que se requiere- encuentra en su propia esencia un refugio capaz de acogerle sin más. Sino, el ayuno no sería fructífero.

El profundo conocimiento del agua como base de la vida cuenta con el movimiento y la temperatura que le permiten transportar información del entorno o hacia el exterior. Pequeños cambios en la homeostasis del agua pueden conllevar variaciones en su forma de comportarse, fomentando o eliminando la propagación de las enfermedades. Cuando entendemos la naturaleza del agua nos damos cuenta de la enorme importancia de las aguas de manantial como revitalizantes de la energía. Las aguas de lagos y estancos acunan bacterias, y las de la lluvia no tienen vida al caer, aunque luego encuentran iones minerales en las rocas, si no es intervenido su ciclo natural de “ser agua”.

Durante un ayuno del tipo que se menciona aquí, se recomienda beber agua de manantial básicamente. Las infusiones han de seguir una prescripción del médico naturalista que conduce la terapia de limpieza.

Los ayunos sin agua se hacen por períodos cortos de 24 horas. Se sabe que se pueden llevar a cabo -sin problema- durante esas horas porque el cuerpo es una fábrica de agua. La explicación es sencilla. Cada vez que aspiramos, el oxígeno del aire combustiona con el hidrógeno presente en el interior del cuerpo produciendo agua. Lo hacemos 44 mil veces al día. La palabra hidrógeno es de procedencia griega y significa “creador del agua”. Dentro del cuerpo los distintos medios intersticiales se caracterizan por la presencia del agua. Por lo que el agua nunca faltará entre los tejidos internos mientras respiremos. Claro que el agua que rezumamos de nuestros minerales no es suficiente para mantenernos vivos a largo plazo. Necesitamos beber.

El Japonés Emoto -en sus investigaciones sobre el comportamiento de las moléculas de agua- recuperó para el hoy que los enlaces de hidrógeno sufren un cambio sutil pero detectable al recibir vibraciones del exterior o al emitirlas. Si aplicamos el fenómeno al interior de nuestra biología, el pensamiento tiene la capacidad de cambiar la configuración electrónica del átomo de agua. Imagínate lo que puede hacer uno a sí mismo con su forma de pensar. Y ¡a los demás! Máximo durante un ayuno.

No es el dinero ganado ni lo viajado lo que da felicidad; ni lo da el éxito o el reconocimiento que le profesan los demás. Es la sinfonía del agua que llevamos.